Reseña | Manchester by the sea (2016)


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Dir. Kenneth Lonergan | Estados Unidos | 137 minutos

Sinopsis: Lee Chandler (Casey Affleck) es un fontanero que se ve obligado a regresar a su pequeño pueblo natal tras enterarse de que su hermano ha fallecido. Allí se encuentra con su sobrino de 16 años, del que tendrá que hacerse cargo. De pronto, Lee se verá obligado a enfrentarse a un pasado trágico que le llevó a separarse de su esposa Randi (Michelle Williams) y de la comunidad en la que nació y creció. (FILMAFFINITY)

La película nominada al Oscar Manchester by the sea del cineasta neoyorkino Kenneth Lonergan es en pocas palabras como ente o ser artístico, una oda a la meticulosidad en los intersticios de una obra plena de orgullo en su todo, ejecutada técnica y narrativamente de una manera en donde no hay cabida para la mínima coerción argumentativa e interpretativa, que no hermenéutica, pues ese es el verdadero regalo para el espectador: la exégesis del filme está tan perfectamente estructurada en su libre construcción, que el espectador es libre de vivir la historia y hacer uso de una memoria propia, no para desentrañar algún rompecabezas, sino para hacer propias o no las vivencias de Lee Chandler (Casey Affleck).

Al integrarse al relato propuesto por el mismo Lonergan, el espectador no puede ser indiferente al meticuloso trato de criaturas destinadas a cumplir las caprichosas decisiones que cual demiurgo platónico la vida toma por nosotros.

Las decisiones tomadas por Lee solo son consecuencia o efecto de causas que se salieron de control ya por reacciones totalmente naturales y correspondientes con cualquier ser humano al cual se le hayan caído las llaves del auto antes de abrirlo, la desesperación por el clima helado al no encontrar el auto estacionado, poner leña para que las niñas no se enfermen, que no hacen sino acentuar la revisita de Lee al lugar que le hizo correr desesperado hacia cualquier resquicio de espacio donde no pudiese perder la razón por la tragedia asumida como un error que no es condenable jurídicamente – No lo podemos arrestar, no es delito olvidar poner la alarma de humo – , pero es un acontecimiento que deviene en una catástrofe de proporciones gigantescamente no anticipadas. Las reacciones, los contraargumentos, la vida misma se ve plasmada con todas las variables y vicisitudes que ésta misma tiene.

Los tiempos en cuanto a su estructura espacial y por supuesto intercambiablemente temporales, son en su esencia, un muro sin grietas. Un muro que no intenta establecer discriminación de índole capitalista, imperialista, norteamericana, corporativista, trumpeana; sino que es un muro que en una interpretación racional y artística despojado de cualquier tipo de construcción materialista, un muro invisible pues, nos permite observar y establecernos en el lugar del personaje y los secundarios (Michelle Williams, una actriz que en mi opinión es muy desvalorizada con relación a las diosas de Hollywood), cuando podemos establecer verdaderos matices narrativos entre los nostálgicos exteriores llenos de nieve que no se derrite por su excesiva abundancia y que por momentos parece invadir el lugar donde Lee se guarece temporalmente de sus demonios mientras libra una lucha titánica contra ellos, y que al parecer Patrick (Lucas Hedges) renace a partir de una tragedia que no le pertenece totalmente, que asume como parte de la vida, línea recta temporalmente conceptualizada de forma occidental, para universalmente mostrarnos a partir de cada secuencia desarrollada en el presente inmediato, rasgos y vivencias enteras en cuanto a sus pasados. Es decir, el filme tiene tan pocas grietas, y grietas entiéndase en cuanto a distintas maneras de ejecutar acentuaciones dramáticas.

Personajes y situaciones van y vienen sin ser absolutamente importantes para la historia, pero nos sirven a nosotros los espectadores para establecer un punto de partida para Lee, donde no se nos anticipa nada, donde Lee, a pesar de ser una marioneta manipulable por su vida y su sobrino Patrick como lo somos todos, y en donde iniciamos a comprender al protagonista ya sea a la mitad del filme cuando pierde su vida sin morir necesariamente y esa imagen final, esa pequeña escena que no es apoteósica sino terriblemente dolorosa.

Por Jorge Enrique Munguía Quintero

(Ver trailer)

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