Reseña | Night Moves [Radicales] (2013)


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Dir. Kelly Reichardt | Estados Unidos | 112 minutos

Es en el campo o zonas rurales donde se han dado cuenta grandes clásicos de la cinematografía norteamericana, en especial del género del horror. Es casi imposible imaginar otro escenario donde da lugar la historia para por ejemplo The Texas Chain Saw Massacre (Tobe Hooper, 1974) y cuando pensamos en este tipo de lugares nos es imposible no pensar en caníbales y asesinos seriales. Pero la tensión y los sucesos difíciles de asimilar no son propios de este tipo de películas. Es así como la directora norteamericana Kelly Reichardt da cuenta de una historia angustiante y angustiosa sobre dos jóvenes amigos, Josh y Dena, encarnados por Jesse Eisenberg y Dakota Fanning (magnifica) para narrarnos una cinta concienzudamente ecológica sobre los problemas que el mundo contemporáneo enfrenta. Los dos jóvenes son personas bastante preocupadas por lo que las grandes corporaciones hacen a diestra y siniestra diariamente, y se sienten necesitados y parece ser hasta obligados para hacer algo que pueda marcar la diferencia (aunque al final no sea así). Acompañados de su conocido Harmon (Peter Sarsgaard), planean hacer estallar una represa en un rio a las afueras del pueblo donde viven, y al hacerlo es cuando la película realmente adopta los puntos de vista de los tres personajes desde diferentes perspectivas. A Harmon ya no se le ve más, solo lo escuchamos a través de un teléfono celular, es Josh quien se vuelve el protagonista del relato, pero es Dena quien sin aparecer mucho a cuadro detona los conflictos de la historia. Entonces entramos a un triángulo de posibilidades donde las personalidades de cada personaje nos irán revelando los cabos de la historia.

Como mencionaba anteriormente, el campo es un personaje más en la historia, con bellísimas tomas de montañas y ríos donde se desenvuelve el relato y aquí es donde entra el excelente trabajo del fotógrafo Christopher Blauvelt el cual hace de los breves tracking shots un vehículo para internarnos mejor en la narración, una de gestos, una de ligeros movimientos corporales que acentúan la nostalgia y melancolía de los personajes, y del mismo lugar.

Esta no es una historia de retruécanos ni giros sorprendentes, es más bien una de introspección, de darnos cuenta de lo que están pasando y viviendo los protagonistas, de hasta qué punto su molestia los lleva a cometer un acto de terrorismo, pero también para analizar lo que estamos haciendo como humanidad y permitiendo que gente con bastantes recursos haga lo que siempre ha hecho: chingarnos a todos y nosotros ser cómplices de todo y también culpables.

Por Jorge Enrique Munguía Quintero

(Ver trailer)

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