Reseña | St. Vincent (2014)


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Dir. Theodore Melfi / Estados Unidos / 102 minutos

Bill Murray es la encarnación de la comedia, el hombre que nos hace reír sin necesidad de verlo siquiera sonreír, la persona con la que cualquiera desea encontrarse algún día. St. Bill Murray, si me lo permite.

Vincent (Bill Murray) es un sesentón que básicamente se comporta como un adolescente, es grosero, directo y por momentos imprudente. Las deudas lo han llevado a buscar dinero en el hipódromo, donde a su vez también está endeudado, y por lo vemos parece no tener muchos amigos que pudieran apoyarlo. Cuando Vincent recibe a sus nuevos vecinos Maggy (Melissa McCarthy) una madre soltera cuyo trabajo la obliga a pasar largas jornadas ausente, y su hijo Oliver (Jaeden Lieberher) un pequeño niño tan inteligente como temeroso, la vida del sexagenario rebelde da un giro de 180 grados. Cuando unos compañeros de escuela se roban las cosas de Oliver (incluidas las llaves de su casa) se ve obligado a pedir asilo temporal en casa de su gruñón vecino, y aunque nunca hubiese sido la primera opción de Maggy, Vincent termina por convertirse en el niñero del chico, a cambio claro de una cantidad económica por hora. Aunque Vincent es inofensivo hacia con el niño, este lo debe acompañar a sus recorridos por distintos lugares la ciudad, incluyendo bares, el hipódromo, conocer a Daka (Naomi Watts) su amiga prostituta, y el hogar de asistencia donde vive la esposa de Vincent, quien padece Alzheimer y la que cuida con absoluta devoción. Aun cuando en apariencia este hombre pudiera parecer una influencia negativa para cualquiera, poco a poco vamos descubriendo que esta tosca coraza encubre a un hombre lleno de cualidades.

Debo reconocer que en principio el personaje que interpreta Bill Murray me pareció extrañamente similar al de Jack Nicholson en Mejor Imposible, el típico hombre maduro, excéntrico y misántropo que aleja a todos a su al rededor y que tarde o temprano descubren al hombre bondadoso que realmente es, sin embargo al avanzar la historia toma una identidad propia. St. Vincent es la clase de películas cuya estructura está mas que inventada, pero cuenta con un carisma que la autentifica y le da un lugar por encima del montón. No busca la emoción fácil, pero como ya dije tampoco busca complicarse de mas, es sencilla cuando debe serlo, graciosa cuando debe serlo y por supuesto también tiene sus momentos de solemnidad. La verdad sea dicha, St. Vincent es una comedia brillante y conmovedora que usted no puede pasar por alto.

Por Jonathan Mata Richardson

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